Una vez, no hace mucho, tuve un viaje en cercanías bastante similar a todos los demas, con la diferencia de que éste me dejo con una gran sonrisa y la sensación de que cualquier mínimo detalle puede hacer que el día termine de una manera u otra.
El recorrido fue bastante tranquilo, lo de siempre, música de móviles en medidas de decibelios tan altas que ni siquiera existen, gente manchada de trabajar, gente que mira raro a la gente manchada de trabajar, carritos con bebes que alternan la risa y el llanto y no sabes cuando están haciendo cada cosa y un montón de ojos atentos a los asientos que potencialmente pueden estar libres. Pero lo importanté ocurrió al final del viaje.
Cuando ya tenia la maleta agarrada y dispuesta a bajar, la estampida de población autóctona, viajeros de cortas distancias y un sinfín de gente alterada se colaron por ambos lados bloqueandome el paso. Como una corriente humana que se deslizaba por el escalón y hacía remolinos antes de dejarse caer por la siguiente cascada metálica, salían disparados haciendo caso omiso del mundo alrededor, cada uno con su vida, sus pensamientos, o sin ellos. Algunos compitiendo por estar un escalón mas abajo que sus contrincantes o incluso adelantando al pelotón por huecos en los que, si no fuese por que lo he visto, juraría que no cabe el cuerpo de una persona. Podría haberle echado morro y unirme a la pelea de empujones pero, en lugar de eso, me quedé de pie dentro del tren, soportando la maleta y el equilibrio y esperando a que saliese todo el mundo. Básicamente lo hice por educación y porque mi intrusión en esa masa humana era incompatible con el peso de mi maleta y la probabilidad de dejarme una rueda en el camino, cosa que ya me ha pasado, y de buena tinta puedo afirmar que una gran maleta sin una rueda cumple un 10% de su función aunque solo le falte un 3% de su mecanismo.
Me sentí un poco estúpida, la verdad, ya que todos debían tener demasiado cariño a sus manos como para echarme una a mi o por lo menos, cederme el sitio para salir que yo ya tenia reservado desde un tiempo atrás, puesto que había viajado de pie al lado de la puerta confiando mi equilibrio al asa de la maleta.
Pero toda buena acción es recompensada de un modo u otro solo que no lo vemos hasta que no buscamos un premio por nuestro buen comportamiento. No fue una recompensa de grandes dimensiones, y el hecho es que, en el fondo, terminé saliendo la última y con la maleta a cuestas. Sin embargo, cuando me dirigía a las escaleras chirriantes, una mujer de cierta edad que, creo, me había estado observando, me recordó que había ascensor con un tono de invitación a que lo tomase porque era la mejor opción al verme con semejante equipaje. Quizás me equivoco y el tono fue mas parecido a algo como “¿Dónde vas alma de cántaro?” pero eso tampoco importa mucho. Acepté porque quería separarme de la marea humana y como agradecimiento a la mujer. Cuando íbamos a tomar el ascensor, vimos que las plazas eran limitadas y solo había una vacante que, obviamente no era para mi y mucho menos para mi maleta. Para mi sorpresa, la mujer que me había recordado lo del ascensor se mantuvo inmóvil y lo único que me dijo fue: “Te espero y bajo contigo”. Era obvio que ya no necesitaba ningún tipo de ayuda con la maleta y de haber sido así, tanto la mujer como yo sabíamos que ella no me la podría facilitar pues no creo que su huesos estuviesen preparados para una mudanza de telas y retales con ese peso pero, aun así, tuvo el detalle de acompañarme durante el trayecto de dos segundos que tarda el ascensor en descender 10 metros y todo, en el fondo, por haber permanecido ajena a la obsesión por los empujones que tiene la gente con prisa y la que solamente lo hace por inercia.
El recorrido fue bastante tranquilo, lo de siempre, música de móviles en medidas de decibelios tan altas que ni siquiera existen, gente manchada de trabajar, gente que mira raro a la gente manchada de trabajar, carritos con bebes que alternan la risa y el llanto y no sabes cuando están haciendo cada cosa y un montón de ojos atentos a los asientos que potencialmente pueden estar libres. Pero lo importanté ocurrió al final del viaje.
Cuando ya tenia la maleta agarrada y dispuesta a bajar, la estampida de población autóctona, viajeros de cortas distancias y un sinfín de gente alterada se colaron por ambos lados bloqueandome el paso. Como una corriente humana que se deslizaba por el escalón y hacía remolinos antes de dejarse caer por la siguiente cascada metálica, salían disparados haciendo caso omiso del mundo alrededor, cada uno con su vida, sus pensamientos, o sin ellos. Algunos compitiendo por estar un escalón mas abajo que sus contrincantes o incluso adelantando al pelotón por huecos en los que, si no fuese por que lo he visto, juraría que no cabe el cuerpo de una persona. Podría haberle echado morro y unirme a la pelea de empujones pero, en lugar de eso, me quedé de pie dentro del tren, soportando la maleta y el equilibrio y esperando a que saliese todo el mundo. Básicamente lo hice por educación y porque mi intrusión en esa masa humana era incompatible con el peso de mi maleta y la probabilidad de dejarme una rueda en el camino, cosa que ya me ha pasado, y de buena tinta puedo afirmar que una gran maleta sin una rueda cumple un 10% de su función aunque solo le falte un 3% de su mecanismo.
Me sentí un poco estúpida, la verdad, ya que todos debían tener demasiado cariño a sus manos como para echarme una a mi o por lo menos, cederme el sitio para salir que yo ya tenia reservado desde un tiempo atrás, puesto que había viajado de pie al lado de la puerta confiando mi equilibrio al asa de la maleta.
Pero toda buena acción es recompensada de un modo u otro solo que no lo vemos hasta que no buscamos un premio por nuestro buen comportamiento. No fue una recompensa de grandes dimensiones, y el hecho es que, en el fondo, terminé saliendo la última y con la maleta a cuestas. Sin embargo, cuando me dirigía a las escaleras chirriantes, una mujer de cierta edad que, creo, me había estado observando, me recordó que había ascensor con un tono de invitación a que lo tomase porque era la mejor opción al verme con semejante equipaje. Quizás me equivoco y el tono fue mas parecido a algo como “¿Dónde vas alma de cántaro?” pero eso tampoco importa mucho. Acepté porque quería separarme de la marea humana y como agradecimiento a la mujer. Cuando íbamos a tomar el ascensor, vimos que las plazas eran limitadas y solo había una vacante que, obviamente no era para mi y mucho menos para mi maleta. Para mi sorpresa, la mujer que me había recordado lo del ascensor se mantuvo inmóvil y lo único que me dijo fue: “Te espero y bajo contigo”. Era obvio que ya no necesitaba ningún tipo de ayuda con la maleta y de haber sido así, tanto la mujer como yo sabíamos que ella no me la podría facilitar pues no creo que su huesos estuviesen preparados para una mudanza de telas y retales con ese peso pero, aun así, tuvo el detalle de acompañarme durante el trayecto de dos segundos que tarda el ascensor en descender 10 metros y todo, en el fondo, por haber permanecido ajena a la obsesión por los empujones que tiene la gente con prisa y la que solamente lo hace por inercia.